Dejando los pañales, los berrinches, dormir con los padres, los limites, el jardín de infantes, llega un hermanito
Convertí tu casa en un bar y armá una barra de licuados
por Lic. Gabriela Lima
Cuando los padres descubren que su hijo de 3 años lee y comprende o cuando a los 9 los sorprenden con reflexiones dignas de un filósofo griego, los sentimientos son contradictorios, porque el orgullo y la alegría se mezclan en partes iguales con la preocupación: ¿Es un “superdotado”? ¿Cómo incentivar sus capacidades sin sobreexigirlo? ¿Qué hacer con ese hijo que se nos escapa de las manos?
En primer lugar hay que tener en cuenta que todos los padres nos sorprendemos con los avances de nuestros hijos y a pesar de que sus logros sean perfectamente esperables a nivel evolutivo, los vemos “súper inteligentes” y “extremadamente creativos”. Por eso, antes de ponerle a un niño la etiqueta de “genio” hay que confirmar con un especialista –psicólogo o psicopedagogo- que su nivel intelectual sea realmente superior.
El criterio que se utiliza para catalogar de “superdotado” a un chico es, por lo general, el desarrollo intelectual más avanzado y esto se evalúa a través de entrevistas y una batería de tests. Desde el punto de vista exclusivamente cuantitativo, el Coeficiente Intelectual (CI) es el que determina la ubicación de ese niño con respecto a la media de su edad.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a una persona superdotada como "aquella que cuenta con un coeficiente intelectual superior a 130”.
Pero una vez definido, hay que tener en cuenta que la vida de los chicos “superdotados” no es tan fácil como suele creerse, porque además de un plus de inteligencia, de curiosidad, de intuición y de creatividad, muchas veces:
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