Tan suave, tan liso, tan tibio… el cuerpo del bebé resbala del pecho de mamá a la panza de papá y en ese juego de proximidades indispensables parece que una piel y otra, un cuerpo y otro, no tuvieran límites. El contacto apacigua y es fuente permanente de alegría. Pero crecer ¡ay! también es tomar algunas distancias y un día, casi inadvertidamente, las fronteras entre los cuerpos comienzan a dibujarse hasta que quedan establecidas para siempre.
Y entre esos cuerpos, el de un nene y sus padres, ¿cuál es el índice apropiado de intimidad? ¿cuándo un cuerpo tranquilamente desnudo empieza a ser un cuerpo, bueno, “desnudo”?
La cuestión es vieja como el mundo. En esa especie de infancia –de la humanidad, de cada uno– que la Biblia sitúa en el Paraíso, andan Adán y Eva desnudos y campantes. Pero la desnudez se convierte en otra cosa, algo digno de pudor, después de que desobedecen –se enfrentan al Padre–, comen del árbol del Conocimiento –crecen– y “se les abren los ojos”. De esa diferenciación, de ese saber, no hay retorno.
Ese “sin retorno”, en el caso de Gabriel, fue la mirada de su hija: “Cuando tenía un año y medio o dos, Nina despertó en mí el pudor. Hasta entonces, yo salía de la ducha y me cambiaba en el dormitorio, nunca había sido un tema. Y de pronto le descubrí una mirada, un tipo de observación incisiva, dirigida. Me pareció raro y lo hablé con mi psicólogo. Él dijo algo que me pareció razonable: que mientras menos saciara Nina su curiosidad sobre cómo son los demás en casa, con sus padres, sería mejor, un estímulo adicional para su aptitud sexual futura; que era bueno que no resolviera toda su curiosidad en la familia”, explica Gabriel Reches, 36, poeta. El límite, entonces, ¿es la vergüenza de los padres?
Después de esa primera incomodidad, Gabriel se empezó a tapar y Nina empezó a jugar al doctor con sus amigos y con sus muñecos. Como si el “esto no” de su padre le hubiera permitido desplegar sus indagaciones hacia sí misma y hacia sus iguales y, más importante, la hubiera sacado del papel de observadora para avanzar sobre sus propias experiencias. Como si el límite –qué paradoja— en vez de clausurar, abriera.
Con su mamá, dice Gabriel, Nina actúa de otro modo. “Cuando Ale estaba embarazada de Lorenzo (6 meses) se bañaban juntas y jugaban a que la panza de Ale era ‘la isla’. Yo no me baño con ella ni loco. Con Lorenzo es otra cosa, él no tiene conciencia, un bebé es un bebé. Es como si operara más lo natural, lo animal, como si todavía no estuviera atravesado por la cultura. Lo que necesita es una confirmación corporal constante: apretar, agarrar, que lo toques.”
Claro que la cuestión no está sólo en los cuerpos de los padres: “Nina tenía un juego que era imitar cómo bailan los monos de una película, bajándose la bombacha y mostrando la cola.
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