
Tener un hijo es la realización del sueño de toda mujer; sin embargo, a la emoción profunda y la alegría que su nacimiento genera en sus padres, se suman a menudo sentimientos encontrados propios de este período que denominamos "puerperio".
Después del alivio, la euforia y la excitación que la madre siente a partir del nacimiento de su hijo, la vuelta a la casa a los dos o tres días suele coincidir con una caída del nivel hormonal que había sostenido el embarazo, con una caída del estado anímico de la madre y con la bajada de la leche.
La madre pierde la protección del sanatorio o institución y siente que ahora toda la responsabilidad del cuidado del bebé recae sobre ella. Le duelen los pechos llenos de leche (turgentes), arden los pezones y molestan los puntos de la episiotomía. Se siente muy insegura y que las cosas le salen mal.
Amigos y parientes le brindan mil consejos bien intencionados pero contradictorios entre sí, y entra de este modo en un estado de confusión y duda, no sabe cómo actuar, se angustia y se larga a llorar.
La puérpera vive en un estado de vulnerabilidad particular y llora por cualquier insignificancia, o simplemente porque se siente agotada y vacía. Las exigencias nuevas la abruman piensa que nunca podrá ser una buena madre. Por eso nosotras que nos dedicamos al trabajo corporal y a la psicoprofilaxis y ofrecemos a la mujer embarazada contención, bienestar y salud, preparándola junto con su compañero para que pueda ser protagonista de su parto, estamos convencidas de que la preparación para la lactancia y el puerperio merecen la misma seriedad y dedicación.
Es importante tener en cuenta algunos puntos fundamentales que ayudarán a la mamá a vivir su puerperio "prevenida":
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