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Cómo cultivar la inteligencia emocional en nuestros hijos

La enseñanza emocional es un trabajo diario con nuestros hijos y con nosotros mismos, cuyos frutos repercutirán en todos los aspectos de la vida familiar e individual. Enseñarles a identificar, aceptar y manejar saludablemente sus emociones es clave para su felicidad.

Una parte fundamental en la crianza de los hijos es la educación emocional. Enseñarles no solo a identificar sus emociones, sino también a aceptarlas y expresarlas de una manera saludable es muy importante para la vida.

La muerte de un ser querido, la llegada de un hermanito, un cambio de jardín,  cuando un compañero los agrede, un profesor muy exigente, un accidente, cuando entran en la pubertad, cuando se van a vivir solos, empezar a trabajar, formar pareja, las relaciones de amistad, convertirse ellos en padres, etc. son solo algunos ejemplos de situaciones donde una buena educación emocional les da herramientas para vivirlas de la mejor manera, sobrellevarlas o superarlas. 

Poder acompañar a los niños en este desarrollo emocional implica que, como adultos, tomemos conciencia de cómo manejamos nuestras propias emociones y qué nos generan las emociones del niño, y que podamos pensar y trabajar sobre esto.

¿Cómo nos enseñaron a manejar nuestras emociones?


A nivel cultural podemos observar que venimos de varias generaciones en las que no se enseñaba a validar las emociones, por el contrario, la tendencia apuntaba a reprimirlas o negarlas y eran muy comunes las frases del tipo “no llores”, “tenés que ser fuerte”, “no pasó nada, ya está”, “no tengas miedo”, “callate, mirá cómo te mira la gente”, “no te enojes”, etc. A su vez, todos tenemos una historia particular en relación al manejo de las emociones, que viene de nuestros padres o familias de origen.

Por otro lado, tampoco nos enseñaron recursos para expresar y elaborar las emociones y esto es sumamente importante para un desarrollo saludable, no solo a nivel individual, sino en relación a los otros.

Aún hoy, muchos padres no les hablan a los chicos sobre temas que pueden ser difíciles, para que no se sientan mal o porque creen que al ser pequeños “no entienden” o “no se dan cuenta”. Pero los niños, aunque sean muy chicos, perciben todo lo que pasa en su entorno.

Es muy importante que, como padres, tengamos en cuenta qué cosas nos gustaría modificar con respecto a la manera en que fuimos criados, para cultivar en nuestros hijos la “inteligencia emocional” y no solo poner el foco en la inteligencia racional.

 

¿Qué es la inteligencia emocional?

 

El término “inteligencia emocional”, impulsado por Daniel Goleman, psicólogo estadounidense y autor del libro que lleva ese nombre, describe una serie de cualidades en las personas:
 

  • La empatía (capacidad de ponerse en el lugar del otro, saber lo que el otro siente)
  • La expresión y comprensión de los sentimientos
  • El control de nuestro humor
  • La independencia
  • La capacidad de adaptación
  • La simpatía
  • La capacidad de resolver los problemas en forma interpersonal
  • La persistencia
  • La cordialidad
  • La amabilidad
  • El respeto


Para cultivar la inteligencia emocional es importante enseñarles a los niños, desde muy pequeños, a identificar y manejar sus emociones. ¿Cómo? En tres pasos:

1- Identificar las emociones: los niños pequeños no identifican todavía sus emociones, por lo tanto, es tarea del adulto ayudarlos y ponerles una palabra que las exprese como “rabia”, “alegría”, “tristeza”, “miedo”, etc. , para que puedan ligar la emoción que están sintiendo con un término. Por ejemplo: “Estás muy enojado” “Entiendo que estés triste” “Qué contento que te pusiste cuando llego papá” “Me parece que ese ruido fuerte te asustó mucho, ¿te dio miedo?”. También es parte del proceso ayudarlos a ir reconociendo las sensaciones que cada emoción genera en el cuerpo, por ejemplo: transpiración, dolor de panza, enrojecimiento del rostro, temblor, etc.

2- Aceptarlas: aceptar la emoción implica no reprimirla, negarla ni juzgarla. En este punto suelen hacerse presentes en los adultos los mensajes recibidos en su historia familiar y cultural, que tienden a la no aceptación de la emoción. Por eso, es clave identificarlos a tiempo y modificarlos de manera que el niño pueda empezar a reconocer y aceptar lo que le pasa:

  • “No llores”  vs. “Está bien llorar, contame qué te pasa. ¿estás triste?, ¿querés que mamá te de un abrazo?”.
  • “No es para tanto, no pasó nada”  vs. “Vi que te caíste, ¿te duele la rodilla?”.
  • “No tengas miedo”  vs. “Contame qué es lo que te asusta” “Es normal que tengas miedo, todos nos asustamos un poquito cuando empezamos una actividad nueva”. 
  • “No hay que enojarse” vs.  “Entiendo que esto te dio mucha bronca, ¿vamos a decirle a tu hermano que te dio bronca que rompa tu juguete?” “¿Querés que dibujemos toda esa bronca en este papel?”.


3- Expresarlas saludablemente: esto implica darles diversas herramientas y alternativas para expresar la emoción y, a su vez, ayudarlos a encontrar recursos propios para elaborarlas así como para manejar diversas situaciones. Como existen distintos medios para expresar una emoción, en principio debemos ayudarlos a poner en palabras lo que sienten. Por ejemplo:  “Me parece que te enojaste mucho porque tu amigo te sacó el juguete, en lugar de pegarle podés decirle «Ese es mi juguete, estoy enojado porque me lo sacaste»". También se puede utilizar el juego o el dibujo como herramienta, por ejemplo: poner un color a la emoción, dibujarla, dibujar las caras con las expresiones de las emociones, ofrecerle un almohadón para que saque su ira, etc. También, podemos realizar algún ejercicio de respiración juntos que nos ayude a aquietarnos y que ellos puedan aplicar al momento de sentir una emoción que los desborde.

Es clave empezar aceptar que cada emoción tiene un sentido y una finalidad. Si enseñamos a reprimir o a negar la emoción, esta no solo seguirá presente sino que se expresará por medio de distintos síntomas y dificultades en el vínculo con los demás: nudo en la garganta, dolor de panza, mareos, crisis de ansiedad, dificultades para dormir, peleas, tics nerviosos, bloqueo en el pensamiento ante, por ejemplo, una evaluación, enuresis, ataques de ira o actitudes violentas, etc.

La enseñanza emocional es un trabajo diario con nuestros hijos y con nosotros mismos, cuyos frutos repercutirán en todos los aspectos de la vida familiar e individual.


Asesoró: Lic. María Paula Gerardi, psicóloga,
especialista en infancia, crianza y orientación a padres

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