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De hijo único a hermano mayor

Con la llegada de un nuevo hijo a la familia, la mayor dificultad para el niño es aceptar que ocupará el lugar de hermano mayor y que dejará de ser y estar en el centro de la escena familiar. ¿Cómo acompañarlo?

Con la llegada de un nuevo hijo a la familia, la mayor dificultad para el niño es aceptar que ocupará el lugar de hermano mayor y que dejará de ser y estar en el centro de la escena familiar.

A partir de ahora cambia su posición dentro de casa. Algo es diferente. Seguramente con sus beneficios y por qué no, renuncias por tal cambio.

Inicialmente, lo más difícil y doloroso es que tendrá que aprender a compartir a mamá y a papá.

Sin embargo, aquello que puede convertirse en una desventaja o carga, puede a la vez proporcionarle un privilegio o ventaja, que es justamente la nueva posición que adquiere dentro del núcleo familiar, que lo diferencia de su hermano.

Todo dependerá de la actitud que empleen los padres al respecto. No es lo mismo para un niño percibir que sus padres le transmiten algo similar a: “Uy pobrecito, lo que debe estar sufriendo…” A escuchar frases como: “Qué bueno verlo cada día más grande y aprendiendo cosas nuevas!”.

Será tarea cotidiana mostrarle al hijo mayor que ese nuevo hermano viene a sumarse y a ocupar un espacio propio y no va a quitarle el espacio que le pertenece a él; que cada hijo tiene un lugar y ese lugar no es intercambiable.

Una responsabilidad de los papás es darle herramientas para que “el mayor”, a su corta edad, pueda hacerse a la idea que “ser más grande” es también un valor dentro de la familia. De este modo el nacimiento de un hermano, gran acontecimiento familiar, no será vivido como una pérdida sino como una ganancia.

Ayudarlo a darse cuenta de que él va a ser el más grande y que podrá hacer un montón de cosas que el hermanito aún no.

Siempre es bueno tratar de incluir al hermano mayor en tareas que puedan acercarlo al bebé y dedicar tiempos exclusivos para cada uno.

No es sencillo, lleva tiempo y no se le puede exigir al niño que, instantáneamente, “quiera a su hermanito nuevo”.

Lo esperable es que sea un proceso de adaptación, lento, ambivalente, con idas y vueltas de  gran amor y “odio” natural, indefenso y esperable. Se dará de alguna manera, como en todos los vínculos humanos significativos donde está en juego el amor y la necesidad de no perderlo. Y se expresará de mil formas.

El desafío será poder acompañar estos sentimientos desde el lugar de padres y permitir que se expresen, siempre cuidándolos y que no se expongan a situaciones de riesgo ni para sí ni para los otros, especialmente para el bebé.

Es recomendable poder habilitar un tiempo y un espacio para expresar estos sentimientos, facilitando situaciones como estas:

- “Entiendo que estés preocupado porque mamá no está jugando todo el tiempo con vos, pero quiero que sepas que te quiero mucho, que a veces cuando vos tenés ganas de que te preste atención estoy con el bebé para amamantarlo, cuidarlo, cambiarlo como lo hacía con vos cuando eras bebé, pero que también tengo ganas de que estemos juntos…”

- “Te propongo jugar a algo, así apenas el bebé se duerme lo jugamos juntos, sí?”

- “¿Qué tenés ganas de comer? ¿Me ayudás a prepararte algo rico?”

- “Se que tuviste que esperar, pero mamá también tenía muchas ganas de estar con vos a solas, y ahora es el momento!”

En definitiva, garantizarle al niño que el amor no está en juego, y que su mamá está igualmente atenta y disponible más allá de que prácticamente no puede estar tanto tiempo con él como antes y en el momento exacto que demanda.

Por eso es tan importante el rol activo del papá y del entorno afectivo que acompañe a la mamá.

El desequilibrio normal que produce un cambio puede traer aparejadas algunas no muy sutiles frases o actitudes que pueden expresarse hacia los hijos-niños mayores.

Por ejemplo, las comparaciones, las humillaciones o cargadas refiriéndose al hijo mayor cuando intenta parecerse al bebé como: “Parecés un bebé” “Mirá lo que hacés, sos mas bebé que tu hermanito recién nacido”.

Los hermanos mayores quieren copiar o recuperar conductas de bebé para identificarse con el nuevo lugar que ansían, desean y ya no tienen, y en ese juego de rol es imprescindible no poner juicios de valor con frases como: “No seas bebé”, “grandulón”, “parecés un tonto con la mamadera de tu hermano”, “te hiciste pis y ya no sos un bebé, eso esta mal!”

Es recomendable darle la oportunidad de “jugar con esta necesidad de probar nuevamente cómo es ser bebé”, permitirle un tiempo para sentir que no necesita serlo nuevamente para seguir siendo amado y mirado. Si se le prohíbe o se lo priva de estas experiencias, insistirá de alguna manera.

Siempre es bienvenido el acompañamiento familiar, pero preferentemente que el niño no sea ni se sienta expulsado de la casa, sino que los familiares y amigos, en la medida de lo posible, puedan integrarla. No sacarlo permanentemente de su casa porque el niño mayor necesita ver qué pasa y cómo todo de a poco se va reacomodando con él presente.

Por ende, no es ni malo ni bueno ser el mayor, tan solo se trata de aceptar que es un nuevo lugar que merece ser vivido a pleno con todos sus matices.


Asesoró Lic. Alejandra Libenson
Psicopedagoga, Psicóloga
Especialista en crianza, vínculos familiares,  pareja y fertilidad
Autora de “Criando hijos, creando personas” y "Los nuevos padres"

 

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