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Por qué es tan importante no discutir en la mesa familiar

Aprender a comer con otros es un gran aprendizaje y una manera de comprender desde la experiencia que los espacios de nutrición es bueno que sean compartidos y en armonía.

Pese a la vorágine de la vida actual padres e hijos valoran el encuentro en la mesa familiar aunque no siempre se produzca.

Ya desde bebés es importante incluirlos para que comiencen a participar según sus posibilidades de ese momento. Si bien al principio el tiempo de tolerancia es bajo, de a poco el hábito de estar juntos alrededor de la mesa permitirá momentos más extensos compartidos.

En los primeros tres años se arman las matrices de aprendizaje y aprender a comer junto a otros es una de ellas.

  • ¿Cómo como?
  • ¿Cómo me vinculo con la comida?
  • ¿Cómo estoy cuando alimento a mi bebé o a mi hijo pequeño?
  • ¿Estoy apurada y nerviosa o calma y disfrutando del momento?
  • ¿Mientras lo alimento discuto con mi pareja o me peleo con los chicos más grandes?
  • ¿Grito, me enojo o me río y disfruto?
  • ¿Es el alimento físico lo que importa solamente o también se alimenta el corazón?


Los nutrientes son tanto los alimentos como los mimos, las palabras y los encuentros.

A partir de los 6 u 8 meses se puede compartir la mesa familiar, pero a veces se convierte en un lugar de conflicto, de peleas, de descargas, y la comida les cae muy mal a todos!

Vale preguntarse: ¿somos promotores de futuros hijos bien alimentados? ¿Quedan pipones o insatisfechos y reclaman? ¿Qué reclaman cuando se portan mal a la hora de comer? Comida o atención y reemplazan una por otra como auto nutriéndose en exceso o defecto. No me alimento y no como nada o como mucho.

El momento familiar de encuentro puede variar según costumbres, cultura y situación económica. Y la edad de los chicos también hace a las sutiles diferencias.



Así como los adolescentes para diferenciarse confrontan y es bueno no engancharse, ni desvalorizar, sino escuchar más, los bebés también a su manera confrontan mostrando sus gustos e intereses a la hora de saborear o rechazar un alimento.

Al menos es necesaria una comida como momento de encuentro, de diálogo y de conocimiento. Sentarse a comer juntos, hablar sin discutir es una oportunidad que vale la pena tomarla.

El trabajo, el apuro y la productividad van en contra de mantener estos espacios importantes en la vida de la familia desde que son bebés. Lo que se comparte es el alimento y la alegría de encontrarse.

Es un espacio para tan solo estar juntos como así también aprovechar para según las edades de los niños transmitir valores, costumbres y normas. No siempre es un espacio de placer, puede haber cambios de opinión, siempre que sean con tranquilidad, respeto y sin violencia.

Porque nada de lo que hagan los padres delante de los niños es neutro a su mirada y sus oídos. Son su modelo permanente y su espejo en el cual ellos se sienten reflejados.

Aprender a comer con otros es un gran aprendizaje y una manera de comprender desde la experiencia que los espacios de nutrición es bueno que sean compartidos.

En los primeros años de vida estos momentos diarios actuarán como un antídoto para que no se instalen a futuro conductas alimentarias que tienen que ver más con la soledad de la nutrición, como son la anorexia infantil o la obesidad.

Es difícil lograr ese momento de encuentro en la mesa familiar pero vale la pena pensar en los beneficios que ofrece, que tienen que ver con la construcción de la autoestima de los niños, porque es una oportunidad para escuchar lo que tienen para decir desde su primera palabra hasta cuando parlotean sin parar o muestran con orgullo como empuñan la cuchara que tanto les costó tomar.

Y los padres son los responsables de generar ese momento, al menos una vez por día, y luego poder sostenerlo.



Lic. Alejandra Libenson, autora del libro Criando hijos, creando personas

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