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Los desafíos de las madres de hoy

¿Qué nos diferencia de nuestra madres y abuelas? ¿Qué cosas hemos superado y qué aspectos deberíamos recuperar de generaciones pasadas? ¿Qué necesitan nuestros hijos hoy?

La manera de criar y ser madres ha cambiado generación tras generación y hoy las mujeres tenemos nuevos desafíos que superar y aspectos que recuperar de la crianza que recibimos.

Con hombres más presentes y con ganas de involucrarse en la crianza, las madres aún debemos enfrentarnos a mandatos sociales y a prejuicios propios que nos empujan lejos de nuestros verdaderos deseos.

¿Cuáles son nuestros desafíos como madres? ¿Cómo superarnos y hacer de nosotras y de nuestros hijos seres felices? ¿Qué aspectos recuperar de nuestros padres y abuelos?

 

Desafíos de la maternidad actual


Las madres de hoy, además de cargar con las presiones modernas, cargan con las de sus propias madres: probablemente internalizaron a la madre abnegada que se sacrifica por sus hijos y no tiene casi vida propia y que como el pájaro carpintero les repica la cabeza, y al mismo tiempo es muy posible que tengan que trabajar a la par de sus maridos para sostener la economía familiar sin descuidar otras presiones de nuevas necesidades adquiridas como permanecer jóvenes, delgadas, en excelente estado físico, informadas, salir con amigas, hacer un master para no quedar afuera del mercado laboral y más.

Aunque no es tan sencillo ni para los hombres ni para las mujeres cambiar patrones que vienen escritos en los propios genes, es importante que ante este panorama cada pareja encuentre su propio equilibrio para llevar a la familia adelante entre todos.

Por su parte hoy los hombres están descubriendo el placer de muchas actividades históricamente femeninas como cocinar u ocuparse de los hijos y empiezan a disfrutarlo dándose cuenta de todo lo que se perdieron al ser solo proveedores y portadores de la ley. Son las mujeres que trabajan a la par de sus maridos las que tienen que cambiar su manera de pensar, porque hoy la tarea es de ambos padres, y comprender que si, por ejemplo, un hijo se enferma o falta la persona que lo cuida ambos padres tienen un problema para resolver, y no mamá sola… Pero cuesta cambiar, porque cargamos con siglos de una mirada distinta y también porque a las mujeres nos cuesta abandonar el lugar de madre proveedora que tiene tantos brazos como el dios Shiva. Tal vez se deba a que creemos que si dejamos de ser indispensables, el otro (marido o hijo) no nos seguirá eligiendo…

 

Qué cambiar y qué recuperar


La postura autoritaria/autoritarista de crianzas pasadas en las que los hijos no tenían ni voz ni voto, no se los escuchaba ni comprendía, hacía que se sintieran muy solos, dudaran de sí mismos, y muchas veces eso llevaba a que tuvieran autoestimas bajas. Hoy los padres debemos comprender que los chicos son bajitos pero son personas con derechos.

Todo esto sin caer en la postura contraria, la permisiva, muy habitual en los últimos tiempos. Porque el riesgo es que los chicos se sientan como los únicos que tienen derechos, y que sus padres solo tienen obligaciones, y ese extremo del péndulo es quizás más dañino que el primero.

Entonces, dejando de lado esa postura autoritaria, no hay que olvidarse de la importancia de los límites, que, a veces arbitrarios e injustos, nos hicieron fuertes, pacientes, esforzados y capaces de tolerar frustraciones, todas características de lo que hoy llamamos personalidades resilientes, preparadas para enfrentar adversidades sin quebrarse, con flexibilidad y fortaleza interna.

Avalar las emociones


Un hijo que se conecta con lo que siente es más fuerte ya que no necesita gastar energía en no conectarse con su mundo interno ni en defenderse de lo que le brota de adentro, o de luchar para convencer a su padres de que vale lo que siente… Por lo tanto, es sumamente positivo que le demos un lugar a las emociones, a los sentimientos y deseos sin subestimarlos.

Además, la empatía y comprensión de los padres funcionan como modelo para los hijos, quienes entonces van a poder a su vez comprender más a otros, incluidos sus padres.

Se trata simplemente de dividir la reacción adulta en dos partes, en primer lugar comprender lo que les pasa a los chicos, lo que está por detrás de sus conductas, para luego poner límites adecuados y sin enojo (porque al comprender dejan de enojarnos muchas cuestiones). Por ejemplo, nuestro hijo tiene derecho a estar furioso porque le dedicamos mucho tiempo al bebé, y debemos demostrarle que lo entendemos, pero dejando claro que “a mamá no se le pega”, o “al bebé no se lo empuja”.

 

Maternidad idealizada vs. Maternidad realizada


Tal vez si supiéramos realmente en lo que nos metemos cuando decidimos tener hijos, la humanidad correría riesgo de desaparecer y nos perderíamos la maravillosa experiencia de la maternidad/paternidad cuyo balance final es la mayoría de las veces muy positivo. Por suerte llegamos a la adultez con la idea omnipotente de que a nosotros nos va a salir bien, que vamos a poder, y con el correr del tiempo y los contratiempos cambiamos esa idea de omnipotencia por otra de potencia, más realista; y aprendemos a disfrutar en esa “bajada por ríos de montaña”, a los saltos, con mucho amor, bastante confianza… y un poco de suerte.

La maternidad no es idílica, pero no deja de ser una experiencia sorprendente, única. Si esperáramos un poco menos de ella, nos desilusionaríamos menos, nos sentiríamos menos culpables y disfrutaríamos más de esa experiencia absolutamente perfecta en su imperfección.

Asesoró: Lic. Maritchu Seitún, psicóloga

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